"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

ago
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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 10 agosto 2021 a las 4:31 pm

 

Retomamos hoy la sección Pluma Invitada con cuatro poemas del poeta y traductor griego Stelios Karayanis, esperando que los visitantes de mi Cuarto disfruten su lectura y la comenten. Cada mes tendremos un nuevo invitado.

El hispanista, traductor y poeta Stelios Karayanis (derecha)
junto al poeta granadino Juan de Loxa en Granada.


Stelios Karayanis (Samos, 1956), es un poeta y ensayista representativo de la generación

del 80, hispanista y traductor. Obtuvo el premio de poesía Nikiforos Vrettakos del Ayuntamiento

de Atenas el año 1993. Es Doctor de Filosofía Moderna por la Universidad de Ioanina de Grecia

y Doctor de Teoría de Literatura y de Literatura Comparada por la Universidad de Granada.Es

miembro de la Academia de Buenas Letras de Granada, uno de los fundadores de la Asociación

de los Hispanistas Griegos, miembro de la Asociación Nacional de los Escritores Griegos y

miembro de Pen Club. Imparte clases de Literatura Española en la Universidad Abierta de

Grecia desde el año 2005. Fue director de la Revista Internacional de Poesía Erato Ars Poetica

y ahora es director de Hécate poesía, Ars Poetica, Revista Internacional de Poesía, Cuento y

Teoría Poética. Dirige la serie de libros de Poesía y Ensayo Hécate Ars Poetica. Actualmente

vive en Atenas.

Los mitógrafos


Sólo el alma escapando a manera

de sueño revuela por doquier.

Mas vuelve a la luz sin demora…

Odisea, XI, 222-3



Me quedaba entonces en el apartamento más oscuro

del poema – y para que no se me interprete mal –

me refiero al extraño poema

que nunca escribí;

por las noches venían inesperadamente

mis amigos viajeros,

entre ellos

también Ulises.

Vestía siempre

un ropaje deshilachado – jamás pensé

en el porqué – se echaba, además,

desencantado

en un sillón y comenzaba a fumar

su cigarrillo con locura.

Para que me atormentes

por las noches – me decía – con esas fantásticas

historias tuyas,

déjame por fin que yo viva también

mi propia vida verdadera.

Sobre mí, con seguridad, nada le

escuché en absoluto; como hechizado le hablaba

sobre Tennyson, Joyce, Kavafis.

No me líes más con los novelistas – me decía –

Ellos me arruinaron la vida.



El otro Ulises


Me encontré con Ulises una noche. Estaba débil y pálido. Su cuerpo no se parecía al de cuando salimos, no tenía algo de su artística armadura. Una vieja plancha de asar, llena de incisiones y porrazos, te recordaba los tormentos y los dolores de los marineros. Ya no había en su rostro coraje y convencimiento y, cuando en sus ojos se reflejaba el olvido, yo distinguí la nostalgia. Su piel, aunque se había llenado de las arrugas del tiempo, exhalaba un aroma de salitre marino.

Nos sentamos a fumar en silencio,

 como se hacía usualmente por la noche.

- En verdad, fue un hermoso viaje, murmuró.

Y cuando al poco

fue a marcharse, no se sabe a qué paraje solitario, me di cuenta, sin quererlo, de que la vieja herida por encima de su rodilla goteaba sangre. Me resultaba inexplicable.



Los límites del mito

Regresar a la misma y pobre Ítaca, tras tantos viajes, afortunado y cansado, habiendo entrado la primavera en los jardines, escuchándose risas, floreciendo al mismo tiempo las muchachas y las flores. Pensando, mientras subes, y convocando en el recuerdo y en la fantasía el rostro entristecido de Penélope y, después, verla delante de la puerta, queriendo hablarle y darle un beso en los labios. Planear, a continuación, la muerte y la desgracia de tus enemigos, viendo qué injustamente esparcieron tu vida y que la ira te inundaba como un río.

“No, no debes apresurarte a traicionar el mito; no debes romper el círculo y cambiar “el destino” que te fijaron Homero y los demás dioses.


La historia de un pobre aedo


Cada vez que comienza por la palabra “Ítaca”, intentando imaginar o escribir algo hermoso sobre la vida, comprende inmediatamente que no dirá nada, nada más interesante que lo que hasta ahora se ha dicho. Sabe qué fácil es que lo traicionen las palabras, y de pronto percibe pensativo y ve después, profundamente apenado, que se le descubren, sin esencia ni interés, las más conocidas imágenes con novias que hacen festejos e insultan en el patio. Hasta que, al final, cuando la historia ya ha terminado, no hay nada más – y lo sabe – que un pobre y extraño aedo que, sosteniendo una lira rota, va de drama en drama, de comedia en comedia, de fiesta en fiesta, buscando, intentando quizás encontrar su propia Ítaca en la vida.  

 por Caterina Camastra


El periódico en la mano
y en la otra, tu destino,
caminabas codo a codo
con tu asesino.

Fabrizio de André



Umberto Eco, entre las muchas metáforas sugerentes de esa obrita magistral que es Lector in fabula, nos habla de los paseos inferenciales. Damos un paseo inferencial cuando, al leer una obra de ficción, “salimos” de la obra misma y damos una vuelta por nuestro mundo interior, nuestra enciclopedia de saberes y sentires y experiencias, para hacernos de un marco interpretativo que nos permita proyectar una hipótesis de sentido. Don Umberto nos dice que, en el caso de las narraciones consoladoras, como por ejemplo suelen serlo los best-sellers de moda, regresamos de los paseos inferenciales justo con lo que el texto nos prometió y dará: encontramos en él la confirmación de nuestras hipótesis y, con ella, cierto efímero sosiego del alma.

Ahora bien, lo que pasa en las novelas de mi genio neobarroco caribeño favorito, Alexis Díaz-Pimienta, suele ser exactamente lo contrario (fenómeno que, dicho sea de paso, don Umberto se inclina a identificar con la verdadera grandeza literaria). Nos enfrentamos a novelas que nos retan, desasosiegan, descolocan, confunden, que se escabullen de las soluciones consoladoras, que antes optan por la irrupción de la fantasmagoría y, cuando juegan con los mecanismos tradicionales de la novela policiaca, se niegan a la solución que anhelamos, a que el rompecabezas encaje perfectamente a través de elementos que un lector suficientemente suspicaz hubiera podido antes ordenar por su propia cuenta. No dejan, por decirlo con un refrán italiano, que los nudos lleguen al peine. Sucede con El huracán anónimo (Scripta Manent, 2019) y sucede, acaso con más fuerza, con Sangre (Scripta Manent, 2021).

Mi relación con las novelas de Díaz-Pimienta siempre, tiro por viaje, deviene en cuestión personal. No puedo (ni quiero, la verdad) evitar que me despierten fuertes pasiones. Se me borra la frontera mental entre sus personajes y la vida real. Alguna vez eso es alegre, como en el caso de Maldita danza (Alba, 2003) cuya protagonista quiero abrazar y caminar tomadas de la cintura, contándonos chismes y riéndonos a carcajadas por Lavapiés y El Vedado. Otras veces se trata de un irrefrenable fastidio, como en el caso del batido de tuerca que es Rolo Contreras del Huracán. Hasta celos he tenido, yo que estoy beligerantemente en contra de los celos, porque cierto amigo común mío y del autor tiene su alter ego novelesco pimenteril y yo no lo tengo (bueno, como veremos, no lo tenía). Hasta aquí, sin embargo, gana el encabronamiento feroz, como en el caso de Salvador Golomón (Algaida, 2005), a quien, ¡já!, cómo me gustaría meterle un par de cachetadas, y en otro caso, justamente, el de Sangre. Esta es, de hecho, la reseña más enojada que haya yo escrito nunca.

Y es que Sangre habla nada menos que de los feminicidios en España, y yo soy mujer, y soy feminista. Y voy leyendo esta novela magistral, tremenda, sobria, descarnada, sin una palabra que sobre, sin complacencia hacia el amarillismo aun en los detalles más escatológicos, que sucede en un Estepueblo que es Sevilla y es Comala y es Ciudad Juárez y es Roma y es cualquier pueblo de España y del mundo, con esta lacra social de estos asesinos que no son monstruos, quienes hasta el día anterior, hasta cinco minutos antes, eran el muchacho tan bueno, el padre tan bueno, el abuelo tan bueno. Hijos sanos del patriarcado, como decimos las feministas. Y se desangran en Sangre las niñas de veinte años, y las tembas cuarentonas como yo, y las abuelas entrañables como a las abuelas corresponde, y se llaman todas María porque nadie está a salvo de ser arquetipo de dolor. Víctima. Víctimas todas, hasta la madre de uno de los asesinos, que en la novela le ayuda a limpiar la escena del crimen. Quién más María que una madre. Y me encabrono porque es cierto, y me dan ganas de espetarle al autor implícito (quien, me enseña don Umberto, no es mi amigo Díaz-Pimienta, el de carne y hueso) algo que en una ocasión me dijeron a mí: “Tu eres un malvado porque tienes razón”.

Además, una de las Marías de la novela es detective malgré elle (pienso en el Monsieur Poirot de Agatha Christie y se me sale el francés). Nunca había ella pensado en ser detective, ella es profesora de piano. Menos había pensado en ser víctima, ella es independiente, dueña de su rumbo, tiene vida propia, tiene intereses y pasiones, tiene parejas y amantes, y se mueve en su ciudad, en Estepueblo, como pez en el agua – o como pez sin bicicleta, por usar otra metáfora feminista clásica. Es arrojada al papel de detective, ella, a quien los policías y cualquier autoridad uniformada le dan, literalmente, diarrea (detalle de exquisito anarquismo que me la hace muy entrañable), por circunstancias ajenas a su voluntad: por los mensajes, o más bien el mensaje, que se encuentra reiteradas veces en el más escatológico de los lugares, un baño público, los baños de tantos de esos bares en los que nada a sus anchas la mujer-pez andaluza, muy independiente, muy suya. Mensaje escrito con pintura roja de labios, mas no en el glamour hollywoodense del espejo, sino en lo más escatológico, lo escatológico fugaz: el papel de baño. “AYÚDAME”.

Ahí el sacudón más profundo y la interpelación más radical, y si ya María la detective a su pesar me caía bien, ahí me volví ella y estuve toda la novela al borde del espasmo, deseando con la más férrea voluntad lectora que ella cumpliera su misión. Porque ese AYÚDAME yo lo conozco. Lo conozco y en su momento lo respondí. Por suerte no se trataba de asesinato, pero no le hace, porque el asesinato es la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo, más complejo, más insidioso, en los Estepueblo de todo el mundo. Esos asesinos tan buenos muchachos, hombres, hijos, padres, abuelos, tan divertidos, tan inteligentes, con tan buena ortografía, que viven entre nosotr@s, en nuestras familias, casas, camas. El machismo es un cáncer muy profundo y de muchos tentáculos. En mi caso responder ese AYÚDAME fue exhibir, ridiculizar y avergonzar a uno de esos seductores de pacotilla que se crecen su ego mediocrucho coleccionando mujeres como objetos y a todas mintiendo como quien oye llover. El AYÚDAME que interpela a María es más radical, también porque, dijera don Umberto, los mundos posibles de la ficción son más extremos y discretos (en el sentido de la precisión aislada de sus elementos) que el abigarrado, denso, caótico mundo real. Ante tal interpelación, no hace sino retumbarme en la cabeza, aun ahora que ya terminé de leer, con la urgencia que me trae de madrugada a estas líneas, una de las consignas feministas más radicales que conozco, ya no el tierno “Amiga ¡date cuenta!”, sino más bien el amenazador “Ante la duda ¡tú la viuda!”. ¡Já! dijera una de las amigas de María la detective malgré elle, la amiga poliamorosa feminazi (que sospeché ser yo, y lo confirmé con Díaz-Pimienta de carne y hueso, para alivio de mis celos literarios). Simbólicamente, agrego, antes de que me caiga la Seguridad del Estado Mayor Machista Internacional a lloriquear que #NotAllMen. Respondamos siempre esos AYÚDAME, que si María no le teme a quedar como la loca del cuento, nosotras tampoco. A los abusadores, lista negra, tierra quemada y muerte sexual. De ser posible, antes de que nos maten.


__________________________
Caterina Camastra es escritora, traductora y profesora, Doctora en Letras por la UNAM (México).

 por Caterina Camastra


El periódico en la mano
y en la otra, tu destino,
caminabas codo a codo
con tu asesino.

Fabrizio de André



Umberto Eco, entre las muchas metáforas sugerentes de esa obrita magistral que es Lector in fabula, nos habla de los paseos inferenciales. Damos un paseo inferencial cuando, al leer una obra de ficción, “salimos” de la obra misma y damos una vuelta por nuestro mundo interior, nuestra enciclopedia de saberes y sentires y experiencias, para hacernos de un marco interpretativo que nos permita proyectar una hipótesis de sentido. Don Umberto nos dice que, en el caso de las narraciones consoladoras, como por ejemplo suelen serlo los best-sellers de moda, regresamos de los paseos inferenciales justo con lo que el texto nos prometió y dará: encontramos en él la confirmación de nuestras hipótesis y, con ella, cierto efímero sosiego del alma.

Ahora bien, lo que pasa en las novelas de mi genio neobarroco caribeño favorito, Alexis Díaz-Pimienta, suele ser exactamente lo contrario (fenómeno que, dicho sea de paso, don Umberto se inclina a identificar con la verdadera grandeza literaria). Nos enfrentamos a novelas que nos retan, desasosiegan, descolocan, confunden, que se escabullen de las soluciones consoladoras, que antes optan por la irrupción de la fantasmagoría y, cuando juegan con los mecanismos tradicionales de la novela policiaca, se niegan a la solución que anhelamos, a que el rompecabezas encaje perfectamente a través de elementos que un lector suficientemente suspicaz hubiera podido antes ordenar por su propia cuenta. No dejan, por decirlo con un refrán italiano, que los nudos lleguen al peine. Sucede con El huracán anónimo (Scripta Manent, 2019) y sucede, acaso con más fuerza, con Sangre (Scripta Manent, 2021).

Mi relación con las novelas de Díaz-Pimienta siempre, tiro por viaje, deviene en cuestión personal. No puedo (ni quiero, la verdad) evitar que me despierten fuertes pasiones. Se me borra la frontera mental entre sus personajes y la vida real. Alguna vez eso es alegre, como en el caso de Maldita danza (Alba, 2003) cuya protagonista quiero abrazar y caminar tomadas de la cintura, contándonos chismes y riéndonos a carcajadas por Lavapiés y El Vedado. Otras veces se trata de un irrefrenable fastidio, como en el caso del batido de tuerca que es Rolo Contreras del Huracán. Hasta celos he tenido, yo que estoy beligerantemente en contra de los celos, porque cierto amigo común mío y del autor tiene su alter ego novelesco pimenteril y yo no lo tengo (bueno, como veremos, no lo tenía). Hasta aquí, sin embargo, gana el encabronamiento feroz, como en el caso de Salvador Golomón (Algaida, 2005), a quien, ¡já!, cómo me gustaría meterle un par de cachetadas, y en otro caso, justamente, el de Sangre. Esta es, de hecho, la reseña más enojada que haya yo escrito nunca.

Y es que Sangre habla nada menos que de los feminicidios en España, y yo soy mujer, y soy feminista. Y voy leyendo esta novela magistral, tremenda, sobria, descarnada, sin una palabra que sobre, sin complacencia hacia el amarillismo aun en los detalles más escatológicos, que sucede en un Estepueblo que es Sevilla y es Comala y es Ciudad Juárez y es Roma y es cualquier pueblo de España y del mundo, con esta lacra social de estos asesinos que no son monstruos, quienes hasta el día anterior, hasta cinco minutos antes, eran el muchacho tan bueno, el padre tan bueno, el abuelo tan bueno. Hijos sanos del patriarcado, como decimos las feministas. Y se desangran en Sangre las niñas de veinte años, y las tembas cuarentonas como yo, y las abuelas entrañables como a las abuelas corresponde, y se llaman todas María porque nadie está a salvo de ser arquetipo de dolor. Víctima. Víctimas todas, hasta la madre de uno de los asesinos, que en la novela le ayuda a limpiar la escena del crimen. Quién más María que una madre. Y me encabrono porque es cierto, y me dan ganas de espetarle al autor implícito (quien, me enseña don Umberto, no es mi amigo Díaz-Pimienta, el de carne y hueso) algo que en una ocasión me dijeron a mí: “Tu eres un malvado porque tienes razón”.

Además, una de las Marías de la novela es detective malgré elle (pienso en el Monsieur Poirot de Agatha Christie y se me sale el francés). Nunca había ella pensado en ser detective, ella es profesora de piano. Menos había pensado en ser víctima, ella es independiente, dueña de su rumbo, tiene vida propia, tiene intereses y pasiones, tiene parejas y amantes, y se mueve en su ciudad, en Estepueblo, como pez en el agua – o como pez sin bicicleta, por usar otra metáfora feminista clásica. Es arrojada al papel de detective, ella, a quien los policías y cualquier autoridad uniformada le dan, literalmente, diarrea (detalle de exquisito anarquismo que me la hace muy entrañable), por circunstancias ajenas a su voluntad: por los mensajes, o más bien el mensaje, que se encuentra reiteradas veces en el más escatológico de los lugares, un baño público, los baños de tantos de esos bares en los que nada a sus anchas la mujer-pez andaluza, muy independiente, muy suya. Mensaje escrito con pintura roja de labios, mas no en el glamour hollywoodense del espejo, sino en lo más escatológico, lo escatológico fugaz: el papel de baño. “AYÚDAME”.

Ahí el sacudón más profundo y la interpelación más radical, y si ya María la detective a su pesar me caía bien, ahí me volví ella y estuve toda la novela al borde del espasmo, deseando con la más férrea voluntad lectora que ella cumpliera su misión. Porque ese AYÚDAME yo lo conozco. Lo conozco y en su momento lo respondí. Por suerte no se trataba de asesinato, pero no le hace, porque el asesinato es la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo, más complejo, más insidioso, en los Estepueblo de todo el mundo. Esos asesinos tan buenos muchachos, hombres, hijos, padres, abuelos, tan divertidos, tan inteligentes, con tan buena ortografía, que viven entre nosotr@s, en nuestras familias, casas, camas. El machismo es un cáncer muy profundo y de muchos tentáculos. En mi caso responder ese AYÚDAME fue exhibir, ridiculizar y avergonzar a uno de esos seductores de pacotilla que se crecen su ego mediocrucho coleccionando mujeres como objetos y a todas mintiendo como quien oye llover. El AYÚDAME que interpela a María es más radical, también porque, dijera don Umberto, los mundos posibles de la ficción son más extremos y discretos (en el sentido de la precisión aislada de sus elementos) que el abigarrado, denso, caótico mundo real. Ante tal interpelación, no hace sino retumbarme en la cabeza, aun ahora que ya terminé de leer, con la urgencia que me trae de madrugada a estas líneas, una de las consignas feministas más radicales que conozco, ya no el tierno “Amiga ¡date cuenta!”, sino más bien el amenazador “Ante la duda ¡tú la viuda!”. ¡Já! dijera una de las amigas de María la detective malgré elle, la amiga poliamorosa feminazi (que sospeché ser yo, y lo confirmé con Díaz-Pimienta de carne y hueso, para alivio de mis celos literarios). Simbólicamente, agrego, antes de que me caiga la Seguridad del Estado Mayor Machista Internacional a lloriquear que #NotAllMen. Respondamos siempre esos AYÚDAME, que si María no le teme a quedar como la loca del cuento, nosotras tampoco. A los abusadores, lista negra, tierra quemada y muerte sexual. De ser posible, antes de que nos maten.


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Caterina Camastra es escritora, traductora y profesora, Doctora en Letras por la UNAM (México).

 

por Luisma Pérez Martín




La Operación Peter Pan fue una maniobra coordinada entre el Gobierno de los Estados Unidos (CIA mediante, cómo no), la Iglesia católica y los cubanos exiliados de su país tras el triunfo castrista. En dicha operación, entre el 26 de diciembre de 1960 y el 23 de octubre de 1962, más de 14.000 niños fueron trasladados de Cuba a Estados Unidos, solos y lejos de sus familias, por el temor de sus padres a la ideología comunista del nuevo gobierno cubano revolucionario. Sirva esta pequeña entrada de aclaración contextual, de marco para entender mejor “El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” (Siglo XXI Editores, 2014), premiada en México con el  importante Premio Internacional de Narrativa UNAM-COLSIN-SIGLO XXI (2013). 


Es en uno de los campamentos habilitados para esos niños cubanos, Camp Matecumbe, donde encontramos a los protagonistas de esta historia: chiquillos pequeños, vástagos de familias acomodadas durante el régimen de Batista que, sin saber cómo ni por qué, han sido separados de todo cuanto aman y conducidos allí, lejos del “Barbudo Comeniños” que tanto asusta a sus padres.


Pero los niños, pese a sus circunstancias, pese a los adultos, pese a sí mismos incluso, no dejan de ser niños. Y de eso precisamente, del durísimo trabajo de estos pequeños para aferrarse a su infancia, nos habla Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) en esta maravillosa novela.


Pedrito Mendrugo (alias Esteban Estrada, alias Estebita, alias Peter Pan), el Artista, Tingo Talango, Cari Wendy, el Completo, Vitiligo, … son los principales protagonistas de esta regresión a la inocencia, a la fantasía, a los terrores infantiles, a la nostalgia, a las ganas de vivir, a la insubordinación frente a las normas incomprensibles de los adultos. Solos, desorientados, confusos, todos ellos tratarán de arroparse mutuamente frente a las innumerables amenazas que los rodean en un entorno manifiestamente hostil: las monjas, los Grandes, los reglamentos, la ausencia de sus padres, la lejanía de su país natal, la soledad, la tristeza infinita…


Alexis Díaz-Pimienta bucea con una sutileza y una ternura al alcance de muy pocos en los múltiples prismas de la infancia. La búsqueda (o la asunción) de la identidad propia frente a los otros es el hilo conductor de una historia con infinidad de lecturas y sublecturas, una historia que huye del maniqueísmo, que ahonda en la fragilidad del ser humano, en el miedo atroz a la soledad y al desarraigo, todo ello además aderezado con un extraordinario sentido del humor que consigue que pasemos en apenas unos renglones de los pasajes más terribles de Oliver Twist a los momentos más desternillantes de Guillermo Brown (y viceversa) congelándonos a cada momento tanto la risa como las lágrimas.


Y por si todo esto fuera poco, Diaz-Pimienta, además, tiene tiempo de retratar, utilizando para ello los ojos (¿completamente inocentes?) de los pequeños, el racismo, el clasismo, la represión, el exilio, la pederastia, los abusos de poder, … todas las lacras, en resumen, que hacen de los adultos los monstruos que podemos llegar a ser en la mayoría de los casos.


“El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” es una delicia desde la primera página hasta el extraordinario epílogo (si alguno de ustedes consigue no conmoverse acuda inmediatamente al psicólogo más cercano), una (otra más) obra maestra de Alexis Díaz-Pimienta que funciona con la precisión de un delicadísimo reloj suizo. 


Si después de saber todo esto aún dudan si deben seguir en su diáspora a Pedrito Mendrugo, a Tingo Talango, al Artista, a Cari Wendy y a todos los demás, si aún no están convencidos de si deben leer la novela o no, tengan en cuenta que, como dice Benedetti, “la infancia a veces es un paraíso perdido, pero otras veces es un infierno de mierda”. Denles la mano a esos pequeños. Acompáñenlos.

 

por Luisma Pérez Martín




La Operación Peter Pan fue una maniobra coordinada entre el Gobierno de los Estados Unidos (CIA mediante, cómo no), la Iglesia católica y los cubanos exiliados de su país tras el triunfo castrista. En dicha operación, entre el 26 de diciembre de 1960 y el 23 de octubre de 1962, más de 14.000 niños fueron trasladados de Cuba a Estados Unidos, solos y lejos de sus familias, por el temor de sus padres a la ideología comunista del nuevo gobierno cubano revolucionario. Sirva esta pequeña entrada de aclaración contextual, de marco para entender mejor “El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” (Siglo XXI Editores, 2014), premiada en México con el  importante Premio Internacional de Narrativa UNAM-COLSIN-SIGLO XXI (2013). 


Es en uno de los campamentos habilitados para esos niños cubanos, Camp Matecumbe, donde encontramos a los protagonistas de esta historia: chiquillos pequeños, vástagos de familias acomodadas durante el régimen de Batista que, sin saber cómo ni por qué, han sido separados de todo cuanto aman y conducidos allí, lejos del “Barbudo Comeniños” que tanto asusta a sus padres.


Pero los niños, pese a sus circunstancias, pese a los adultos, pese a sí mismos incluso, no dejan de ser niños. Y de eso precisamente, del durísimo trabajo de estos pequeños para aferrarse a su infancia, nos habla Alexis Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) en esta maravillosa novela.


Pedrito Mendrugo (alias Esteban Estrada, alias Estebita, alias Peter Pan), el Artista, Tingo Talango, Cari Wendy, el Completo, Vitiligo, … son los principales protagonistas de esta regresión a la inocencia, a la fantasía, a los terrores infantiles, a la nostalgia, a las ganas de vivir, a la insubordinación frente a las normas incomprensibles de los adultos. Solos, desorientados, confusos, todos ellos tratarán de arroparse mutuamente frente a las innumerables amenazas que los rodean en un entorno manifiestamente hostil: las monjas, los Grandes, los reglamentos, la ausencia de sus padres, la lejanía de su país natal, la soledad, la tristeza infinita…


Alexis Díaz-Pimienta bucea con una sutileza y una ternura al alcance de muy pocos en los múltiples prismas de la infancia. La búsqueda (o la asunción) de la identidad propia frente a los otros es el hilo conductor de una historia con infinidad de lecturas y sublecturas, una historia que huye del maniqueísmo, que ahonda en la fragilidad del ser humano, en el miedo atroz a la soledad y al desarraigo, todo ello además aderezado con un extraordinario sentido del humor que consigue que pasemos en apenas unos renglones de los pasajes más terribles de Oliver Twist a los momentos más desternillantes de Guillermo Brown (y viceversa) congelándonos a cada momento tanto la risa como las lágrimas.


Y por si todo esto fuera poco, Diaz-Pimienta, además, tiene tiempo de retratar, utilizando para ello los ojos (¿completamente inocentes?) de los pequeños, el racismo, el clasismo, la represión, el exilio, la pederastia, los abusos de poder, … todas las lacras, en resumen, que hacen de los adultos los monstruos que podemos llegar a ser en la mayoría de los casos.


“El crimen perfecto de Pedrito Mendrugo” es una delicia desde la primera página hasta el extraordinario epílogo (si alguno de ustedes consigue no conmoverse acuda inmediatamente al psicólogo más cercano), una (otra más) obra maestra de Alexis Díaz-Pimienta que funciona con la precisión de un delicadísimo reloj suizo. 


Si después de saber todo esto aún dudan si deben seguir en su diáspora a Pedrito Mendrugo, a Tingo Talango, al Artista, a Cari Wendy y a todos los demás, si aún no están convencidos de si deben leer la novela o no, tengan en cuenta que, como dice Benedetti, “la infancia a veces es un paraíso perdido, pero otras veces es un infierno de mierda”. Denles la mano a esos pequeños. Acompáñenlos.