"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

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GUAMBÁN: GRACIAS, MAESTRO

Publicado por Alexis Díaz Pimienta el 10 febrero 2024 a las 12:15 pm

Guambán con mi hijo Decimalex en La Habana 



Hoy, 9 de febrero de 2024, ha muerto en La Habana Guambán, el Guambán, Cecilio Pérez, el simpático repentista miembro de Los Guambines, aquel dúo televisivo que formaba con Gilberto Morales (Guambín). Nada más despertarme he visto en Facebook la fría nota necrológica del Instituto de la Música —todas la notas necrológicas son inevitablemente frías— y se me he hecho un nudo en el estómago. ¡Guambán! Cuánto te debemos, poeta. Cuánto te debe Cuba, cuánto el Instituto de la Música, cuánto la UNEAC, cuánto la  Romeu, cuánto todos. Yo mismo. Estas palabras, por ejemplo, debí escribirlas antes, una vitológica y no una necrológica, para que supieras de primera mano mi admiración y mi respeto, mis deudas contigo.  Te debo el mayor ejemplo de profesionalismo que en el mundo del punto guajiro recibí en los años 80, cuando con solo dieciocho años entré a formar parte del catálogo artístico de la Antonio María Romeu y afiancé mi participación en Palmas y cañas. Yo ya actuaba en el programa desde niño, desde su Edad de Oro: la época de Ramón y Coralia, el Jilguero y Martica, Justo y Adolfo, Cepero Brito y Consuelito Vidal, que fue, sin duda, su época dorada. En esos años, en el portal de Galiano y Zanja todos los días nos juntábamos poetas y músicos (los grupos Canasí, Yarabí, Campoalegre, Renacer Cubano, Palmas y cañas; los poetas y tonadistas: Jesús y Omar, Chanchito y Riveron, Tomasita Quiala, Alonso Pino, Rafael García, Helio Vidal, Orestes Pérez y Juan Carlos Aguiar, Bernardito Cárdenas y yo, los Guambines y otros); nos juntábamos para coger las guaguas que nos llevan “por los campos de Cuba” a cantar música guajira. Qué tiempos aquellos, sí. Y desde entonces los Guambines para mí fueron un referente y un ejemplo. 

Yo los conocía y los admiraba desde niño. Es más, confesaré algo: como yo cantaba punto guajiro en la televisión cubana desde muy niño, haciendo pareja con mi hermano Marcelo (en “Escenario escolar”, “Que siempre brille el Sol”, “Tengo” y “Palmas y cañas”) en la secundaria y en el Pre (1978-84) mis amigos se burlaban de mi hermano y de mí llamándonos “Guambín y Guambán”. Burla infantil que, al fin y al cabo era bastante inocua, pero significativa: demostraba lo inusual que resultaba para mis contemporáneos que yo me dedicara al repentismo, ese arte “de guajiros” (siendo citadino) y “de viejos” (siendo niño). Pero ojo: mis amiguitos escolares y barriales no nos decían “Justo y Adolfo”, Naborí y Valiente, “Jilguero y Rondón”, “Riveron y Chanchito”. No. Nos decían, entre burlones y admirados, Guambín y Guambán, lo que demuestra mi tesis de la gran popularidad del dúo entre todas las generaciones.

En mis inicios como repentista profesional en la Romeu (1986) los Guambines fueron un referente y un ejemplo en todos los sentidos, ya lo dije. Pocos repentistas se tomaban tan en serio cada presentación como estos dos repentistas-humoristas. Recuerdo que cuando íbamos de gira o simplemente a actuar en algún pueblo (daba lo mismo Caimito y Cayajabo que Ciego de Ávila o Limomar) los Guambines llegaban y, mientras el resto de los repentistas —los maestros: Chanchito, Placeres, Riveron, Candelita; o los nuevos: Tejedita, Bernardito y yo— bebíamos rones y charlábamos distendidos entre nosotros y con el público, Cecilio y Gilberto iban casa por casa a preguntar a los vecinos los “chismes” del pueblo, los acontecimientos más simpáticos, los personajes más pintorescos. Así sus controversias se llenaban luego de chascarrillos y rumores, de anécdotas domésticas, de amores y desamores “basados en hechos reales”, chismes devenido chistes en su miniespectáculo. Y el público se tronchaba de la risa con ellos, porque los sentía cercanos, como si fuesen unos vecinos más, que hablaban en verso. A todo esto sumen el carisma absolutamente arrollador de la pareja, dos artistas tan grandes en dos cuerpos tan pequeños, dos actores disfrazados de poetas y músicos. 

En los años 80 Gilberto y Cecilio, los Guambines, eran junto a Justo Vega y Adolfo Alfonso la pareja más popular de “Palmas y cañas”. Y su popularidad tenía mucho que ver con su singularidad, con su unicidad dentro del género. No había otros como ellos. Ni siquiera dejaron epígonos, lo que demuestra, una vez más, lo difícil que era hacer lo que hacían. Mientras el humor guajiro de los decimista viajaba únicamente hacia la controversia hombre-mujer de tono erótico-festivo (el doble sentido como protagonista: Cheo y Carmelina, Riveron y Madeline, Bernardito y Olga Lidia Posada) ellos hacían un humor diferente, de gran eficacia, un humor participativo, interactivo, autorreferencial, donde los protagonistas eran ellos mismos y algunos personajes del público. Reírse de ellos mismos los ayudaba a reírse también de los demás, en un juego de tácita anuencia y de complicidad artística envidiable, perfecto.

Guambán se reía de Guambán más que de Guambín y Guambín de Guambín más que de Guambán. Y ambos se reían de ellos mismos como dúo. Y al reírse de ellos mismos, podían entonces reírse de cualquiera, de un desconocido que aceptaba el chiste como un regalo, como una burla lúdica. Algo de show circense tenían sus espectáculos, algo de clowns musicales guajiros, en décima. Repentismo humorístico y a la vez festivo (no siempre coinciden), excentricidad musical bien entendida. Ellos se autodefinían como “excéntricos musicales” una definición simpática y exacta. ¿Antecedentes? Juana Bacallao. ¿Casual? No lo creo. 

En un simpático e inteligente texto que sobre Juana Bacallao escribió hace un tiempo Jose Antonio Ponte, el poeta dice: “Nacida bajo el signo de Calamar, el nombre por el que la conocemos es, no solo un nombre artístico, sino un nombre artístico ajeno, y el que aparece en el registro civil es Nerys Amelia Martínez Salazar. El otro, Juana Bacallao, salió de una canción de Obdulio Morales compuesta para que la cantara Rosita Fornés”. ¿Y quién era Obdulio Morales? Nada menos que padre de Gilberto Morales, el Guambín, pareja artística de Cecilio Pérez, el Guambán,  ambos excéntricos musicales como la mítica Juana. Excéntricos musicales en Cuba hubo varios (¿ya no nacen?): Chori, Daddy Crowfort, Pepín

Vaillant, pero como Juana Bacallao ninguno. Excéntricos musicales en la música guajira cubana solo ha habido dos, Los Guambines, y hoy ha muerto el último de ellos, Cecilio Pérez, y unos años atrás falleció Gilbertico Morales, sepultado entre el olvido y el silencio. Qué pena. Qué injusto. Entonces, sirva esta despedida a Guambán como un sentido homenaje a los dos, a los incomparables Guambines.

Cecilio Pérez era un repentista humorístico en un medio dominado por los repentistas “serios” (la escuela naboriana y pereiriana); Cecilio Pérez era un repentista que cantaba bien (tonadas, guarachas, sones montunos, coros y estribillos) en un mundo dominado por los repentistas que cantamos mal (no por gusto en el gremio se sigue diferenciando a los “poetas” de los “cantabonitos”); Cecilio Pérez era un repentista negro en un mundo dominado por los repentistas blancos (antes de los años 80 y la aparición televisiva de la Quiala, el Sardiñas y el Pimienta, solo Gambán y Colorín paseaban su afrocubanismo por los escenarios del punto guajiro, tan hispano). Cecilio Pérez era un rara avis en la música campesina cubana (en toda la música y la cultura cubanas) por todas estas cosas. Y ahora ha muerto, ya muy mayor, solo, enfermo, bastante olvidado hasta por sus colegas, poco estudiado y poco valorado por todos. Y repito, es injusto. Los aportes de Cecilio Pérez a la música cubana son varios. Creador de un estilo único, fue, junto al Jilguero de Cienfuegos, Raúl Rondón y Raúl Herrera, uno de los pocos creadores de tonadas que dio Cuba en la segunda mitad del siglo XX. Ya con esto bastaría para hacerle un monumento en Calabazar, donde vivió tantos años. Los amantes del punto guajiro crecimos admirando las creaciones de tonadistas clásicos que dejaron sus apellidos y nombres en las tonadas que crearon. Así, la tonada de Marcial, las de Teofilito, la de Carvajal, la de Colorín, la de Guambán. Son pocos. Son clásicos. Son únicos. Son maestros. Guambán era uno de ellos, por eso creó la tonada “De pie”, que levantaba al público de sus asientos simpáticamente. Y en tiempo de fusiones musicales creó la Tonada-Cha (punto y chachachá), que ponía al respetable a bailar entre décima y décima. Esto parece fácil, pero no lo era. El público del punto guajiro es un público-lector, va al espectáculo a leer en el aire versos improvisados, décimas, por eso no le interesan mucho “las variedades”. En la estructura del punto cubano desde el siglo XVIII se separaron el canto y el baile (la música y el zapateado, que se mantienen juntos en el huapango arribeño mexicano, por ejemplo). Sin embargo, los Guambines lograban unirlos otra vez, con naturalidad sabia en sus presentaciones. Es más: en la mayoría de los estribillos del punto guajiro los coros populares no funcionan (herencia y esencia del “estribo” medieval, su lejano origen), es decir, que el intérprete canta el estribillo solo, sin el público (“con colorín, colorín contano”, “la tulibamba, la bambaó”, “rampampán”, por poner tres ejemplos), menos con los Guambines, porque en sus actuaciones el público era invitado expresamente a participar del coro y participaba: “De pie, de pie, de pie”, cantaban ellos y el respetable se ponía de pie coreando la orden; “ey, tonada-cha, el rico punto y el chachachá”, cantaban ellos y el respetable bailaba en los asientos; y la más popular de todas, tan reiterativa, tan enfática: “Guambán y Guambán y Guambán” y ya no solo el respetable, sino también sus colegas le hacíamos el coro, cantando y sonriendo. Esto es parte de su gran legado. Ante un punto guajiro cada vez más pobre musicalmente (cada vez cantamos peor los repentistas y cada vez tocan menos los músicos por la velocidad enunciativa de los improvisadores);  ante un punto guajiro cada vez más monótono y poco variado (estatismo musical e interpretativo) este legado de los Guambines gana cada vez más importancia. Un legado real, de los grandes, de los imprescindibles. Ojalá musicólogos, estudiosos y funcionarios culturales se den cuenta de ello y propicien que se conserve y extienda en los próximos años. Yo, mientras tanto, o sea, en la familia Pimienta, seguiremos utilizando la tonada de Guam Bang para enseñarle a cantar punto Guajiro a la pequeña Alexa, mi nieta, que desde que tiene un año canta su décima de presentación con la única tonada posible, la que más la divierte, la que nos hace participar a todos y amar su sonrisa de pequeña poetisa pícara. Dicho sea de paso, por cierto, es esta tonada la más enfática del punto Cubano. Las tonadas de punto CUBANO, por lo general, utilizan un estribillo breve que se repite solo una vez o como máximo dos veces a lo largo de la Décima. La tonada de Guambán es la única tonada en la que, verso verso, se repite el estribillo. Sirva de ejemplo la décima de mi nieta,  su presentación  tan gambinera:


Yo me llamo Alexa Díaz

(Guambán

Y, señoras y señores,

(Guambán

Yo me llamo Alexa Díaz

(Guambán

Y, señoras y señores,

(Guambán  y Guambán y Guambán

muchos improvisadores

(Guambán

Se inspiran con fotos mías.

(Guambán

Tengo muchas energías 

(Guambán

Y fuentes de inspiración.

(Guambán

Y le daré el corazón 

(Guambán

Al poeta que me eche

(Guambán  y Guambán y Guambán

En lugar de onzas de leche

(Guambán

Versos en el biberón.

(Guambán


Y, finalmente: no crean que es fortuito que termine mi homenaje con la décima de mi nieta Alexa cantada por la Tonada de Guambán. Es emocionante que una niña tan pequeña, citadina, cante punto guajiro en el año 24 del siglo XXI. Y lo digo yo que no solo soy su abuelo y el creador de un método y de una cátedra y de una red de escuelas de repentismo infantil en Cuba, sino que fui, junto a Marcelo,  un niño repentista en la Cuba de los años 70; no es fortuito insisto, porque, aunque pocos lo saben, Guambán también fue precursor del repentismo infantil en nuestra isla. Si yo debuté como niño repentista en el Festival de la Toronja de 1972, 25 años antes, en 1947, Cecilio Pérez había debutado como con solo siete años, improvisando con su padre y su hermano y se mantuvo durante toda la década del 50 siendo un niño y un adolescente improvisador, que conoció a otro niño improvisador llamado Gilbertico Morales y juntos comenzaron a escribir la historia de una pareja tan inimitable como inolvidable: la de los Guambines.



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