"Uno de los mejores narradores cubanos de la hora presente"
(Juan Bonilla)

Del Blog de Díaz-Pimienta

En abril de 2021 saldrá a la luz en Italia mi novela Prisionero del agua, en la editorial Besa, de Milán, con excelente traducción de Barbara Bertoni y prólogo del escritor Carlos Pintado, poeta y narrador también cubano residente en Estados Unidos. Me alegra compartir con los lectores de mi blog su hermoso prólogo a esta edición.



Por Carlos Pintado

 

 

Había miedo, pero también la sensación de haber leído una obra maestra… Y el miedo soplaba, rezumaba, abrazaba como un amigo, hablaba como un personaje entrañable; el miedo en todas las formas posibles: el miedo hecho tierra (¿isla?), agua, aire, el miedo hecho memoria, el miedo hecho amor, el miedo hecho sexo, el miedo hecho miedo.

Si comienzo hablando de miedo es porque, en esta novela -en la que flotan cuatro grandes (y complejísimos) personajes protagónicos (Pepe Gibara, Gustavo Enríquez, Lorenzo al Cubo y Enildo Niebla)-, el miedo se convierte en ese otro quinto personaje que se escurre entre ellos, fantasmal y terrible, jugándoles el destino como si de trágicos héroes modernos se tratase, moviendo borgeanamente al Dios (al autor en este caso) que moverá al jugador (los personajes, claro) para que éstos muevan las piezas (nosotros, los lectores) en un prodigio de narración y velocidad alucinantes.

Porque, a no dudarlo, podemos imaginar Prisionero del agua como una Odisea actual: cada personaje -incluso los secundarios- huyen o persiguen algo, mitifican un lugar, un país –Cuba, USA, para ser exactos– que deberán perder o ganar más tarde o más temprano, o negar como esos paraísos imposibles que solo se consiguen en la literatura, en la buena literatura, como lo es ésta. Cada barrio –El Diezmero, Luyanó, etc.– es el sueño de la ciudad produciendo monstruos, sus monstruos, tocados por la belleza y el sueño, imantados a la palabra, ese redil sagrado que tan fácil se le da a Alexis Diaz Pimienta. Y entre todos ellos está ese prodigio de personaje faro que es Enildo Niebla, asmático, descendiente de mártires, memorioso como Funes, todo un Casanova cubano prisionero de nada y de todo, arrastrado y arrastrándose por amor, ardiendo en esa llama humana e interminable que se llama Yindra, especie de diosa tropical y femme fatal, una suerte de Cecilia Valdés moderna, pero mucho más compleja y sensual, mucho más despierta y viva, que la del buen Cirilo.

Leo página tras página de esta pageturner caribeña aunque quizás leer no sea el verbo preciso; más que leer, braceo con felicidad porque al igual que El Viejo y el Mar, La Vida de Pi o Mobydick, ésta es, también, una gran novela de mar (no deja de parecerme raro que, en una isla tan pródiga en historias y en mar como lo es Cuba, naturalmente, no abunden las grandes novelas de éste tipo) e al igual que ellas, éste es un mar que simboliza un fatum inextricable, epopéyico; el mar también como una circunstancia por todas partes, bendición-maldición a ratos.

Pero Prisionero pronto toma distancia de todo y agrega otra extraña delicia a la narración: si bien algunas novelas donde el mar interviene, tienden a olvidar deliberadamente el pasado de sus protagonistas en tierra firme, priorizando quizás las futuras aventuras, en esta el escritor nos bifurca la historia (en flashbacks o diálogos y narraciones telescópicas e inicia algo casi insólito: nos reconstruye no solo el pasado de Enildo Niebla, su gran e indiscutible protagonista, sino también la historia de su madre, padre, su abuela, sus abuelos, y de sus amigos y de los padres de sus amigos, insertando en la ficción una casi novela histórica en lo que nos maravilla la reconstrucción del detalle (el demiurgo Pimienta es un envidiable constructor de detalles) erigiendo la historia como una catedral. O puede que tal vez no sea una novela histórica pero sí de historia, o una novela de personajes que protagonizan o ficcionan momentos históricos.  Pericia narrativa o narración sinérgica, ficción que trasluce realidad, levísima y genial línea en donde no sabremos -como esa línea en la que agua y cielo se confunden – dónde termina la realidad, dónde comienza la ficción.

                                       II

Novela felizmente inclasificable como son las buenas novelas que se resisten a toda etiqueta, no dejo de cuestionarme si es una novela sobre la amistad o la construcción de la amistad, o sobre la nostalgia o el amor o sobre esos irrepetibles momentos en los que tenemos que decidir en qué cuerpo o ciudad o barrio vamos a salvarnos.

O es acaso una novela sobre la memoria, la real o inventada, o la salvación de una memoria.

“La memoria es un don”. Dice el narrador en una de sus páginas como si estuviera escuchando mi cuestionamiento. Y se me ocurre que algo en la novela, en su técnica, en su desplazamiento temático-temporal tiene esos ensalzados recovecos narrativos que engendra la Memoria y que, de un centelleo, pudieran aniquilar esa otra ficción creada por lo humanos llamada tiempo. Cuándo el autor nos lanza a ese regreso al pasado que fueron los duros años 80, con la crisis del Mariel, o la infancia de ese niño-personaje que pasó seis meses sin nombre o nos vuelve al futuro (acaso presente) en donde otro personaje más, igual de memorable, envidiablemente construido, intenta nadar (aunque más que nadar, traga agua; más que nadar, agoniza; más que hundirse, nos hunde a nosotros con él).

¿No es esto la confirmación de un autor que sabe contar su historia de la mejor manera posible? Pienso que sí.

                                               III

“El agua es una cosa viva, que se asusta si los demás se asustan”. También esta novela es una cosa viva; también se asusta si quienes la leemos nos asustamos. Y el autor lo sabe. Novela de grandes tragedias personales, elucubrados conflictos, novela realista, hiperreal, novela de pérdidas y encuentros, de geniales pasajes poéticos con bellísimos homenajes a otros autores y obras, novela redonda y luminosa, musical, una novela orfeón, escrita con pulso de oro. Y también una novela humanísima en la que cada acción o decisión de un personaje va a cambiarle el mundo o la vida a otro. ¿Hasta qué punto está uno dispuesto a arriesgarlo todo por amor? ¿Hasta dónde una fiesta de santos –con un banquete que quizás supere al festín de Babette de Isak Dinesen– pueda revelarnos, por un instante, el pasado, el presente y el futuro de algún personaje? 

 

                                               IV


Había mucho amor también, y la sensación de leer esta gran novela como si acercásemos nuestro rostro al pecho de alguien que queremos y, en ese latir rumoroso, soplo de algo que llamamos vida, descubriéramos a un novelista que sabe rasgar como pocos esa niebla que flota sobre las aguas hasta mostrarnos el cuerpo del ahogado más hermoso del mundo, casi una islita de carne magra vagando sin destino.

 

                                

En abril de 2021 saldrá a la luz en Italia mi novela Prisionero del agua, en la editorial Besa, de Milán, con excelente traducción de Barbara Bertoni y prólogo del escritor Carlos Pintado, poeta y narrador también cubano residente en Estados Unidos. Me alegra compartir con los lectores de mi blog su hermoso prólogo a esta edición.



Por Carlos Pintado

 

 

Había miedo, pero también la sensación de haber leído una obra maestra… Y el miedo soplaba, rezumaba, abrazaba como un amigo, hablaba como un personaje entrañable; el miedo en todas las formas posibles: el miedo hecho tierra (¿isla?), agua, aire, el miedo hecho memoria, el miedo hecho amor, el miedo hecho sexo, el miedo hecho miedo.

Si comienzo hablando de miedo es porque, en esta novela -en la que flotan cuatro grandes (y complejísimos) personajes protagónicos (Pepe Gibara, Gustavo Enríquez, Lorenzo al Cubo y Enildo Niebla)-, el miedo se convierte en ese otro quinto personaje que se escurre entre ellos, fantasmal y terrible, jugándoles el destino como si de trágicos héroes modernos se tratase, moviendo borgeanamente al Dios (al autor en este caso) que moverá al jugador (los personajes, claro) para que éstos muevan las piezas (nosotros, los lectores) en un prodigio de narración y velocidad alucinantes.

Porque, a no dudarlo, podemos imaginar Prisionero del agua como una Odisea actual: cada personaje -incluso los secundarios- huyen o persiguen algo, mitifican un lugar, un país –Cuba, USA, para ser exactos– que deberán perder o ganar más tarde o más temprano, o negar como esos paraísos imposibles que solo se consiguen en la literatura, en la buena literatura, como lo es ésta. Cada barrio –El Diezmero, Luyanó, etc.– es el sueño de la ciudad produciendo monstruos, sus monstruos, tocados por la belleza y el sueño, imantados a la palabra, ese redil sagrado que tan fácil se le da a Alexis Diaz Pimienta. Y entre todos ellos está ese prodigio de personaje faro que es Enildo Niebla, asmático, descendiente de mártires, memorioso como Funes, todo un Casanova cubano prisionero de nada y de todo, arrastrado y arrastrándose por amor, ardiendo en esa llama humana e interminable que se llama Yindra, especie de diosa tropical y femme fatal, una suerte de Cecilia Valdés moderna, pero mucho más compleja y sensual, mucho más despierta y viva, que la del buen Cirilo.

Leo página tras página de esta pageturner caribeña aunque quizás leer no sea el verbo preciso; más que leer, braceo con felicidad porque al igual que El Viejo y el Mar, La Vida de Pi o Mobydick, ésta es, también, una gran novela de mar (no deja de parecerme raro que, en una isla tan pródiga en historias y en mar como lo es Cuba, naturalmente, no abunden las grandes novelas de éste tipo) e al igual que ellas, éste es un mar que simboliza un fatum inextricable, epopéyico; el mar también como una circunstancia por todas partes, bendición-maldición a ratos.

Pero Prisionero pronto toma distancia de todo y agrega otra extraña delicia a la narración: si bien algunas novelas donde el mar interviene, tienden a olvidar deliberadamente el pasado de sus protagonistas en tierra firme, priorizando quizás las futuras aventuras, en esta el escritor nos bifurca la historia (en flashbacks o diálogos y narraciones telescópicas e inicia algo casi insólito: nos reconstruye no solo el pasado de Enildo Niebla, su gran e indiscutible protagonista, sino también la historia de su madre, padre, su abuela, sus abuelos, y de sus amigos y de los padres de sus amigos, insertando en la ficción una casi novela histórica en lo que nos maravilla la reconstrucción del detalle (el demiurgo Pimienta es un envidiable constructor de detalles) erigiendo la historia como una catedral. O puede que tal vez no sea una novela histórica pero sí de historia, o una novela de personajes que protagonizan o ficcionan momentos históricos.  Pericia narrativa o narración sinérgica, ficción que trasluce realidad, levísima y genial línea en donde no sabremos -como esa línea en la que agua y cielo se confunden – dónde termina la realidad, dónde comienza la ficción.

                                       II

Novela felizmente inclasificable como son las buenas novelas que se resisten a toda etiqueta, no dejo de cuestionarme si es una novela sobre la amistad o la construcción de la amistad, o sobre la nostalgia o el amor o sobre esos irrepetibles momentos en los que tenemos que decidir en qué cuerpo o ciudad o barrio vamos a salvarnos.

O es acaso una novela sobre la memoria, la real o inventada, o la salvación de una memoria.

“La memoria es un don”. Dice el narrador en una de sus páginas como si estuviera escuchando mi cuestionamiento. Y se me ocurre que algo en la novela, en su técnica, en su desplazamiento temático-temporal tiene esos ensalzados recovecos narrativos que engendra la Memoria y que, de un centelleo, pudieran aniquilar esa otra ficción creada por lo humanos llamada tiempo. Cuándo el autor nos lanza a ese regreso al pasado que fueron los duros años 80, con la crisis del Mariel, o la infancia de ese niño-personaje que pasó seis meses sin nombre o nos vuelve al futuro (acaso presente) en donde otro personaje más, igual de memorable, envidiablemente construido, intenta nadar (aunque más que nadar, traga agua; más que nadar, agoniza; más que hundirse, nos hunde a nosotros con él).

¿No es esto la confirmación de un autor que sabe contar su historia de la mejor manera posible? Pienso que sí.

                                               III

“El agua es una cosa viva, que se asusta si los demás se asustan”. También esta novela es una cosa viva; también se asusta si quienes la leemos nos asustamos. Y el autor lo sabe. Novela de grandes tragedias personales, elucubrados conflictos, novela realista, hiperreal, novela de pérdidas y encuentros, de geniales pasajes poéticos con bellísimos homenajes a otros autores y obras, novela redonda y luminosa, musical, una novela orfeón, escrita con pulso de oro. Y también una novela humanísima en la que cada acción o decisión de un personaje va a cambiarle el mundo o la vida a otro. ¿Hasta qué punto está uno dispuesto a arriesgarlo todo por amor? ¿Hasta dónde una fiesta de santos –con un banquete que quizás supere al festín de Babette de Isak Dinesen– pueda revelarnos, por un instante, el pasado, el presente y el futuro de algún personaje? 

 

                                               IV


Había mucho amor también, y la sensación de leer esta gran novela como si acercásemos nuestro rostro al pecho de alguien que queremos y, en ese latir rumoroso, soplo de algo que llamamos vida, descubriéramos a un novelista que sabe rasgar como pocos esa niebla que flota sobre las aguas hasta mostrarnos el cuerpo del ahogado más hermoso del mundo, casi una islita de carne magra vagando sin destino.

 

                                

El enero del 2020 salió publicado en Cuba mi libro Piel de Noche, último Premio Casa de las Américas en el género Literatura Infantil y Juvenil. Yo no pude verlo cuando estuve en la isla, pero generosamente me hicieron llegar diez ejemplares a Sevilla. Emociona ver hecho realidad un libro nuevo. No importa cuántos hayas publicado. Emociona mucho. Y este me emocionó especialmente, por la hermosa y cuidada edición y por las hermosísimas ilustraciones de Raúl Martínez.

Sin embargo, las mayores emociones me las están dando los lectores, aquellos que se han ido haciendo con el libro y luego publican sus comentarios en las redes o en sus blogs personales. Tal es el caso de Isabel Cristina López, a quien no conozco personalmente pero que me ha dejado, a través de este libro, entras en su casa y en su familia. Isabel escribió una reseña emocionante sobre mi libro, la publicó en Facebook hace unos meses, y le he pedido permiso para traerla a mi blog y compartirla con sus visitantes . espero que les guste. Yo, más que nada, le vuelvo a dar las gracias. A la literatura, definitivamente, la premian los lectores. 

PARA ARREGLAR EL MUNDO SE NECESITA…

 

por Isabel Cristina Mejía López

 

 

La más hermosa lectura del último tiempo ha sido “Piel de Noche” de Alexis Díaz-Pimienta. Una amiga me regaló este libro de poesía para niños que fue Premio Casa de Las Américas 2019. Los premios no son una garantía para que me gusten los libros, mucho menos para que le gusten a Diego. Pero este, solo de verlo, ya te incita a leerlo.

Mi papá siempre probaba las cosas de comer antes de dármelas por si estaban envenenadas, aunque fueran comidas hechas en casa, chocolates, huevos fritos, caramelos o platanitos. Yo heredé esa costumbre de sobreprotección culinaria y la hice extensiva a las películas, libros y música que consume mi hijo. Por eso primero leí el libro sola y sola reí, lloré, me emocioné con las ideas, preguntas y reflexiones del niño negro a quien todos llaman Piel de Noche.

Luego hicimos una lectura en familia y en voz alta. Leímos los 20 poemas del libro y admiramos las bellas ilustraciones de Raúl Martínez Hernández. Los poemas favoritos de Diego son “Sobre los padres I” y “Sobre los padres II”.

 

Nuestros padres no saben muchas veces

cómo hablarnos del “tema del color”

y se ponen nerviosos y pequeños

y blancos de vergüenza y de temor.

——–

“Para gustos se hicieron los colores”,

mamá dice que dice el refranero.

“¿Y los ciegos, mamá, no tienen gustos?”

(y mamá queda en blanco el día entero)

 

 

A Jorge le gustó más “Mi hermana y su pelo «malo»” y a mí me encantó “Hay que adelantar la raza” y “Los reyes magos” donde el niño Piel de Noche quiere que una reina negra se turne algún año con Melchor, Gaspar y Baltazar. No sé bien cómo la gente podrá tener este libro. No sé si mi amiga tan sensible y superpoderosa como es, podrá ir regalándolos de casa en casa por toda Cuba, América, África, Asia, Europa, Oceanía y los Sistemas Solares cercanos al nuestro. Ojalá ella pueda, porque “Piel de Noche” es un libro que todos deben leer en familia y en voz alta.

El poema más complejo para mi familia fue “Palabras para borrar del diccionario” porque las palabras reunidas en él son para mí difíciles de explicar. Intolerancia, Racismo, Segregación, Puritanismo, Xenofobia, Discriminación, Esclavitud, Homofobia…. No me salen ejemplos dulces, ni metáforas, ni símiles, ni rimas para que Diego las entienda sin mucho trauma. Entonces, después de explicarle como si fuera un adolescente trasnochador y no un niño de 8 años, le dije: “Ay mijo, es que este mundo está muy malo”

Diego, con sabiduría increíble de haber vivido 8 años y pico, me respondió: “Ay, mija, no digas eso, que este mundo es el único que tenemos, no hay otro mejor, así que hay que tratar de arreglar este mismo.”

Mientas los médicos de todo el planeta buscan una cura para el coronavirus, yo deseo que los niños de hoy lean este libro, para que se conviertan en los científicos del futuro y, en aras de arreglar el único mundo que tenemos, encuentren la vacuna contra el racismo. #pieldenoche #vsracismo #poesia #mundomejor #negro #familia #coronavirus #cuarentena #jorgisa #latiza




 

El enero del 2020 salió publicado en Cuba mi libro Piel de Noche, último Premio Casa de las Américas en el género Literatura Infantil y Juvenil. Yo no pude verlo cuando estuve en la isla, pero generosamente me hicieron llegar diez ejemplares a Sevilla. Emociona ver hecho realidad un libro nuevo. No importa cuántos hayas publicado. Emociona mucho. Y este me emocionó especialmente, por la hermosa y cuidada edición y por las hermosísimas ilustraciones de Raúl Martínez.

Sin embargo, las mayores emociones me las están dando los lectores, aquellos que se han ido haciendo con el libro y luego publican sus comentarios en las redes o en sus blogs personales. Tal es el caso de Isabel Cristina López, a quien no conozco personalmente pero que me ha dejado, a través de este libro, entras en su casa y en su familia. Isabel escribió una reseña emocionante sobre mi libro, la publicó en Facebook hace unos meses, y le he pedido permiso para traerla a mi blog y compartirla con sus visitantes . espero que les guste. Yo, más que nada, le vuelvo a dar las gracias. A la literatura, definitivamente, la premian los lectores. 

PARA ARREGLAR EL MUNDO SE NECESITA…

 

por Isabel Cristina Mejía López

 

 

La más hermosa lectura del último tiempo ha sido “Piel de Noche” de Alexis Díaz-Pimienta. Una amiga me regaló este libro de poesía para niños que fue Premio Casa de Las Américas 2019. Los premios no son una garantía para que me gusten los libros, mucho menos para que le gusten a Diego. Pero este, solo de verlo, ya te incita a leerlo.

Mi papá siempre probaba las cosas de comer antes de dármelas por si estaban envenenadas, aunque fueran comidas hechas en casa, chocolates, huevos fritos, caramelos o platanitos. Yo heredé esa costumbre de sobreprotección culinaria y la hice extensiva a las películas, libros y música que consume mi hijo. Por eso primero leí el libro sola y sola reí, lloré, me emocioné con las ideas, preguntas y reflexiones del niño negro a quien todos llaman Piel de Noche.

Luego hicimos una lectura en familia y en voz alta. Leímos los 20 poemas del libro y admiramos las bellas ilustraciones de Raúl Martínez Hernández. Los poemas favoritos de Diego son “Sobre los padres I” y “Sobre los padres II”.

 

Nuestros padres no saben muchas veces

cómo hablarnos del “tema del color”

y se ponen nerviosos y pequeños

y blancos de vergüenza y de temor.

——–

“Para gustos se hicieron los colores”,

mamá dice que dice el refranero.

“¿Y los ciegos, mamá, no tienen gustos?”

(y mamá queda en blanco el día entero)

 

 

A Jorge le gustó más “Mi hermana y su pelo «malo»” y a mí me encantó “Hay que adelantar la raza” y “Los reyes magos” donde el niño Piel de Noche quiere que una reina negra se turne algún año con Melchor, Gaspar y Baltazar. No sé bien cómo la gente podrá tener este libro. No sé si mi amiga tan sensible y superpoderosa como es, podrá ir regalándolos de casa en casa por toda Cuba, América, África, Asia, Europa, Oceanía y los Sistemas Solares cercanos al nuestro. Ojalá ella pueda, porque “Piel de Noche” es un libro que todos deben leer en familia y en voz alta.

El poema más complejo para mi familia fue “Palabras para borrar del diccionario” porque las palabras reunidas en él son para mí difíciles de explicar. Intolerancia, Racismo, Segregación, Puritanismo, Xenofobia, Discriminación, Esclavitud, Homofobia…. No me salen ejemplos dulces, ni metáforas, ni símiles, ni rimas para que Diego las entienda sin mucho trauma. Entonces, después de explicarle como si fuera un adolescente trasnochador y no un niño de 8 años, le dije: “Ay mijo, es que este mundo está muy malo”

Diego, con sabiduría increíble de haber vivido 8 años y pico, me respondió: “Ay, mija, no digas eso, que este mundo es el único que tenemos, no hay otro mejor, así que hay que tratar de arreglar este mismo.”

Mientas los médicos de todo el planeta buscan una cura para el coronavirus, yo deseo que los niños de hoy lean este libro, para que se conviertan en los científicos del futuro y, en aras de arreglar el único mundo que tenemos, encuentren la vacuna contra el racismo. #pieldenoche #vsracismo #poesia #mundomejor #negro #familia #coronavirus #cuarentena #jorgisa #latiza




 


por Consuelo Posada Giraldo

El huracán Anónimo, la nueva novela de Alexis Díaz-Pimienta


El huracán Anónimo es el título de la última novela (la quinta) publicada por el escritor cubano (residente en España) Alexis Díaz-Pimienta. Editada originalmente en Amazon, esta extensa novela de 654 páginas cuenta la llegada de varios huracanes a La Habana en una historia organizada con el esquema de un relato policíaco en el que Rolo Contreras, el protagonista, descubre que un asesino en serie mata en cada huracán a una persona con el mismo nombre que el meteoro de turno. El punto central de la investigación estará, entonces, en descubrir el misterio que conecta los asesinatos que aparecen con cada uno de los huracanes.


El cubano Alexis Díaz-Pimienta además de novelista y poeta es un reconocido repentista (improvisador de décimas) e investigador de la improvisación en Cuba y el resto de Iberoamérica. Y es precisamente esta doble faceta suya la que lo trajo a Medellín siendo muy joven, como integrante de una delegación cubana que participaba en el programa cultural “De País en País” (en 1994). Así, recorrió varios escenarios de la ciudad, compartió con los más importantes trovadores paisas, participó como poeta en el Festival Internacional de Poesía de Medellín y protagonizó espectáculos en el teatro Uribe de la Universidad de Antioquia. En 1996 dictó un curso sobre oralidad en el Seminario sobre Literatura del Caribe que yo coordinaba en la UdeA por entonces, y ha sido jurado repetidas veces del Festival Nacional de la Trova Ciudad de Medellín. Desde el punto de vista literario, la primera edición de su poemario Cuarto de mala música, fue en Medellín y la última edición de su premiada novela Prisionero del agua ha sido en la Editorial Universidad de Antioquia (2018).

En su nueva novela, El huracán Anónimo, el protagonista, Rolo Contreras, encarna al investigador de los relatos policiales y presenta, como hipótesis de su investigación, la existencia de un asesino en serie que utiliza a los huracanes para esconder sus crímenes.

El autor organiza un fondo de rigor que le confiere verosimilitud a los hechos y la obra nos presenta la historia de los huracanes que han pasado por el suelo cubano, las condiciones físicas de su aparición, la mecánica de su comportamiento y todos los detalles completos del paso de todos los huracanes por la isla. Este saber es expuesto por el protagonista investigador, pero también por José Rubiera, un destacado meteorólogo reconocido como una autoridad en el tema. Además, el recuento de cada huracán viene acompañado con los datos de los muertos, su nombre y algunas de sus señas particulares.

Esta parte científica, ligada a la teoría de los huracanes –con detalles de mucha erudición– y a la investigación rigurosa de los crímenes, avanza simultáneamente con la trama simpática de los personajes que divierten con sus apuntes graciosos y enriquecen la historia con un lenguaje ornamentado con juegos fonéticos y pasajes contados con mucha gracia. 

Entonces, el brillo del texto se da de dos maneras: la primera es la línea del conocimiento que deslumbra y que mantiene al lector atento a los hechos que se narran. En la conferencia pública sobre los huracanes, en la Escuela de Química, los estudiantes quedaron atrapados con el saber del Dr. Rubiera y con la lección de rigor en la búsqueda documental sobre los huracanes, expuesta por su director Rolo Contreras.

En esta línea del placer que se deriva del conocimiento, podemos decir que un atributo de esta novela es que se convierte en un documento de cómo se vive en La Habana la llegada de un huracán. Son coloridos los detalles de cómo se preparan los habaneros, cómo se compra en los supermercados. Y cómo pasan las noches oyendo noticias, y tratando de entretenerse mientras llega el huracán. 

Muchos pedazos de la novela, que alimentan la historia principal, parecen hacer parte de la realidad del mundo habanero. Por ejemplo, la referencias a las guerras de Angola y Etiopía que están todas vivas en el imaginario cubano. Y las consideraciones sobre los rusos que llegaron a la Habana y cómo se quedaron y cómo se casaron y cómo se integraron, puede mirarse como un buen capítulo de sociología urbana.

Y en esta relación de la ficción literaria con el mundo de referencia está la coincidencia de algunos personajes de la novela, con sujetos de carne y hueso reconocibles en La Habana. 

Cuando le comenté al autor cómo me había enamorado de un Rolo Contreras, me confesó que se trata de un personaje real. “Es mi homenaje a mi padrastro y todo lo que cuento de él es real”. También Paquita Diligencia es real, agregó, como lo son el meteorólogo (Dr. Rubiera) y el coronel Macareño. Todos son personajes públicos muy conocidos en la Cuba de hoy. 

La segunda fascinación del texto está en el goce con las palabras. Alexis Díaz Pimienta es un narrador que sabe contar con sabrosura porque su territorio natural es la narración oral y por esto domina el entretenimiento con las formas sonoras del lenguaje.  Los detalles de sus historias divierten, con un ritmo que el autor sabe marcar y con pasajes de mucha gracia. Podemos decir que el juego fonético se convierte aquí en un aporte lúdico para la escritura y sí revisamos los arabescos que se van tejiendo alrededor de cada frase, encontramos un trabajo de oralidad bien armado.

Se me ocurre un ejemplo de ese juego:

“La mujer de Rolo Contreras le dice lacónicamente: —Te quiero… —¿Me quieres qué? —respondió Rolo Contreras con su juego de palabras favorito: convertir en una frase inconclusa la frase inequívocamente terminada de Teresa Alcázar.  —Te quiero —repitió ella. —Pero, ¿me quieres qué? —repitió él, acercándose— ¿Me quieres matar, me quieres comer, me quieres besar…? ¿Me quieres qué? —y le dio un beso”.

Y el narrador insiste en que sus frases son parte de un juego que tienen los dos personajes con la visión de pedazos que Rolo hace a las frases de ella, para cambiarles el sentido.

Como parte de esta forma juguetona, además de un lenguaje que parecería buscar la hilaridad del lector, aparecen imágenes que tendrán el mismo efecto:  en una escena dramática, en medio de una catástrofe estallan las carcajadas que surgen de otra situación ridícula.

En plena inundación, con la casa anegada, aparece la figura del protagonista Rolo Contreras con los zapatos en una mano y la otra en el bolsillo y un cigarrillo colgando de la boca, en un claro referente cinematográfico. En las imágenes que siguen el narrador se refiere a sus personajes como si hubieran salido de una película. Y entonces Rolo Contreras por un momento es Humphrey Boghard y un minuto después se convierte en Sídney Poitier. 

Son varios los momentos solemnes de la historia, deliberadamente profanados por el estilo gozón del narrador: Cuando empezaron las inundaciones y el agua del mar entró a las casas y lo cubrió todo, los personajes que revisaban el alcance de los daños, con el agua hasta las pantorrillas, terminaron jugando una partida de dominó en medio del agua, animados por los visitantes y los turistas en una carcajada colectiva. “Los jugadores se viraban hacia el mar y le hablaban como si fuera una persona. Se reían de él, lo retaban, lo escupían y comenzaron a jugar dominó como si nada” y un vecino sin nombre servía el ron y conminaba a todo el mundo para que fuera su pareja. Y en medio de las apuestas, los turistas japoneses grababan aquel inaudito juego de dominó en medio del agua.

Inicialmente la obra parece seguir las reglas de los relatos investigativos porque la historia sigue con rigor sus reglas básicas en la formulación de los enigmas, el rigor de las conjeturas y el tratamiento de los personajes.

Hay un narrador limitado, que funciona como un testigo ocular que sólo sabe lo que vería un vecino y este es el narrador que necesita la historia. Como en toda novela policíaca está prohibido un narrador omnisciente, obligado a saber y a narrar todo lo que sabe.

Rolo Contreras tiene toda la figura del investigador iluminado de los relatos policiales. Él descubrió la conexión entre el nombre del huracán y el nombre de las víctimas. Como centro de la historia, el narrador ahonda en todos los detalles de ese hombre, para que el lector termine enamorado de su figura, de cómo fuma, de cómo camina, de cómo quiere a su mujer. Ante todo, de cómo quiere a su colegio y a la revolución.  

Pero después, las teorías terminan subvertidas y empiezan a moverse las reglas que conocemos sobre la literatura policíaca. Entonces descubrimos que las frases de Vázquez Montalván han estado ahí, como advertencias, al principio de cada capítulo, como una propuesta para combatir los esquemas y burlar el código preestablecido que espera el lector. 

Entonces, el juego del desciframiento que en las historias de crímenes alimenta la competencia entre el investigador y el lector, para llegar antes al descubrimiento del asesino, aquí tendrá obstáculos nuevos. 

Porque nuestro autor conoce muy bien las reglas clásicas del relato policíaco y por ende sabe subvertirlas y es capaz de seguir las recomendaciones de Vázquez Montalbán y aplicar con soltura sus propios métodos, con nuevas travesuras, para desbaratar cualquier hipótesis del lector que pretenda desentrañar al asesino.

Los méritos señalados en la presentación de esta novela son suficientes razones para recomendar su lectura. Los lectores de España y de los países hispánicos tienen la feliz ocasión de poder leer esta obra en su lengua original y gozar la aventura de recorrer La Habana, con sus encantos habituales y sus desasosiegos en vísperas de un huracán, acompañados del verbo encantador de Alexis Díaz Pimienta.


por Consuelo Posada Giraldo

El huracán Anónimo, la nueva novela de Alexis Díaz-Pimienta


El huracán Anónimo es el título de la última novela (la quinta) publicada por el escritor cubano (residente en España) Alexis Díaz-Pimienta. Editada originalmente en Amazon, esta extensa novela de 654 páginas cuenta la llegada de varios huracanes a La Habana en una historia organizada con el esquema de un relato policíaco en el que Rolo Contreras, el protagonista, descubre que un asesino en serie mata en cada huracán a una persona con el mismo nombre que el meteoro de turno. El punto central de la investigación estará, entonces, en descubrir el misterio que conecta los asesinatos que aparecen con cada uno de los huracanes.


El cubano Alexis Díaz-Pimienta además de novelista y poeta es un reconocido repentista (improvisador de décimas) e investigador de la improvisación en Cuba y el resto de Iberoamérica. Y es precisamente esta doble faceta suya la que lo trajo a Medellín siendo muy joven, como integrante de una delegación cubana que participaba en el programa cultural “De País en País” (en 1994). Así, recorrió varios escenarios de la ciudad, compartió con los más importantes trovadores paisas, participó como poeta en el Festival Internacional de Poesía de Medellín y protagonizó espectáculos en el teatro Uribe de la Universidad de Antioquia. En 1996 dictó un curso sobre oralidad en el Seminario sobre Literatura del Caribe que yo coordinaba en la UdeA por entonces, y ha sido jurado repetidas veces del Festival Nacional de la Trova Ciudad de Medellín. Desde el punto de vista literario, la primera edición de su poemario Cuarto de mala música, fue en Medellín y la última edición de su premiada novela Prisionero del agua ha sido en la Editorial Universidad de Antioquia (2018).

En su nueva novela, El huracán Anónimo, el protagonista, Rolo Contreras, encarna al investigador de los relatos policiales y presenta, como hipótesis de su investigación, la existencia de un asesino en serie que utiliza a los huracanes para esconder sus crímenes.

El autor organiza un fondo de rigor que le confiere verosimilitud a los hechos y la obra nos presenta la historia de los huracanes que han pasado por el suelo cubano, las condiciones físicas de su aparición, la mecánica de su comportamiento y todos los detalles completos del paso de todos los huracanes por la isla. Este saber es expuesto por el protagonista investigador, pero también por José Rubiera, un destacado meteorólogo reconocido como una autoridad en el tema. Además, el recuento de cada huracán viene acompañado con los datos de los muertos, su nombre y algunas de sus señas particulares.

Esta parte científica, ligada a la teoría de los huracanes –con detalles de mucha erudición– y a la investigación rigurosa de los crímenes, avanza simultáneamente con la trama simpática de los personajes que divierten con sus apuntes graciosos y enriquecen la historia con un lenguaje ornamentado con juegos fonéticos y pasajes contados con mucha gracia. 

Entonces, el brillo del texto se da de dos maneras: la primera es la línea del conocimiento que deslumbra y que mantiene al lector atento a los hechos que se narran. En la conferencia pública sobre los huracanes, en la Escuela de Química, los estudiantes quedaron atrapados con el saber del Dr. Rubiera y con la lección de rigor en la búsqueda documental sobre los huracanes, expuesta por su director Rolo Contreras.

En esta línea del placer que se deriva del conocimiento, podemos decir que un atributo de esta novela es que se convierte en un documento de cómo se vive en La Habana la llegada de un huracán. Son coloridos los detalles de cómo se preparan los habaneros, cómo se compra en los supermercados. Y cómo pasan las noches oyendo noticias, y tratando de entretenerse mientras llega el huracán. 

Muchos pedazos de la novela, que alimentan la historia principal, parecen hacer parte de la realidad del mundo habanero. Por ejemplo, la referencias a las guerras de Angola y Etiopía que están todas vivas en el imaginario cubano. Y las consideraciones sobre los rusos que llegaron a la Habana y cómo se quedaron y cómo se casaron y cómo se integraron, puede mirarse como un buen capítulo de sociología urbana.

Y en esta relación de la ficción literaria con el mundo de referencia está la coincidencia de algunos personajes de la novela, con sujetos de carne y hueso reconocibles en La Habana. 

Cuando le comenté al autor cómo me había enamorado de un Rolo Contreras, me confesó que se trata de un personaje real. “Es mi homenaje a mi padrastro y todo lo que cuento de él es real”. También Paquita Diligencia es real, agregó, como lo son el meteorólogo (Dr. Rubiera) y el coronel Macareño. Todos son personajes públicos muy conocidos en la Cuba de hoy. 

La segunda fascinación del texto está en el goce con las palabras. Alexis Díaz Pimienta es un narrador que sabe contar con sabrosura porque su territorio natural es la narración oral y por esto domina el entretenimiento con las formas sonoras del lenguaje.  Los detalles de sus historias divierten, con un ritmo que el autor sabe marcar y con pasajes de mucha gracia. Podemos decir que el juego fonético se convierte aquí en un aporte lúdico para la escritura y sí revisamos los arabescos que se van tejiendo alrededor de cada frase, encontramos un trabajo de oralidad bien armado.

Se me ocurre un ejemplo de ese juego:

“La mujer de Rolo Contreras le dice lacónicamente: —Te quiero… —¿Me quieres qué? —respondió Rolo Contreras con su juego de palabras favorito: convertir en una frase inconclusa la frase inequívocamente terminada de Teresa Alcázar.  —Te quiero —repitió ella. —Pero, ¿me quieres qué? —repitió él, acercándose— ¿Me quieres matar, me quieres comer, me quieres besar…? ¿Me quieres qué? —y le dio un beso”.

Y el narrador insiste en que sus frases son parte de un juego que tienen los dos personajes con la visión de pedazos que Rolo hace a las frases de ella, para cambiarles el sentido.

Como parte de esta forma juguetona, además de un lenguaje que parecería buscar la hilaridad del lector, aparecen imágenes que tendrán el mismo efecto:  en una escena dramática, en medio de una catástrofe estallan las carcajadas que surgen de otra situación ridícula.

En plena inundación, con la casa anegada, aparece la figura del protagonista Rolo Contreras con los zapatos en una mano y la otra en el bolsillo y un cigarrillo colgando de la boca, en un claro referente cinematográfico. En las imágenes que siguen el narrador se refiere a sus personajes como si hubieran salido de una película. Y entonces Rolo Contreras por un momento es Humphrey Boghard y un minuto después se convierte en Sídney Poitier. 

Son varios los momentos solemnes de la historia, deliberadamente profanados por el estilo gozón del narrador: Cuando empezaron las inundaciones y el agua del mar entró a las casas y lo cubrió todo, los personajes que revisaban el alcance de los daños, con el agua hasta las pantorrillas, terminaron jugando una partida de dominó en medio del agua, animados por los visitantes y los turistas en una carcajada colectiva. “Los jugadores se viraban hacia el mar y le hablaban como si fuera una persona. Se reían de él, lo retaban, lo escupían y comenzaron a jugar dominó como si nada” y un vecino sin nombre servía el ron y conminaba a todo el mundo para que fuera su pareja. Y en medio de las apuestas, los turistas japoneses grababan aquel inaudito juego de dominó en medio del agua.

Inicialmente la obra parece seguir las reglas de los relatos investigativos porque la historia sigue con rigor sus reglas básicas en la formulación de los enigmas, el rigor de las conjeturas y el tratamiento de los personajes.

Hay un narrador limitado, que funciona como un testigo ocular que sólo sabe lo que vería un vecino y este es el narrador que necesita la historia. Como en toda novela policíaca está prohibido un narrador omnisciente, obligado a saber y a narrar todo lo que sabe.

Rolo Contreras tiene toda la figura del investigador iluminado de los relatos policiales. Él descubrió la conexión entre el nombre del huracán y el nombre de las víctimas. Como centro de la historia, el narrador ahonda en todos los detalles de ese hombre, para que el lector termine enamorado de su figura, de cómo fuma, de cómo camina, de cómo quiere a su mujer. Ante todo, de cómo quiere a su colegio y a la revolución.  

Pero después, las teorías terminan subvertidas y empiezan a moverse las reglas que conocemos sobre la literatura policíaca. Entonces descubrimos que las frases de Vázquez Montalván han estado ahí, como advertencias, al principio de cada capítulo, como una propuesta para combatir los esquemas y burlar el código preestablecido que espera el lector. 

Entonces, el juego del desciframiento que en las historias de crímenes alimenta la competencia entre el investigador y el lector, para llegar antes al descubrimiento del asesino, aquí tendrá obstáculos nuevos. 

Porque nuestro autor conoce muy bien las reglas clásicas del relato policíaco y por ende sabe subvertirlas y es capaz de seguir las recomendaciones de Vázquez Montalbán y aplicar con soltura sus propios métodos, con nuevas travesuras, para desbaratar cualquier hipótesis del lector que pretenda desentrañar al asesino.

Los méritos señalados en la presentación de esta novela son suficientes razones para recomendar su lectura. Los lectores de España y de los países hispánicos tienen la feliz ocasión de poder leer esta obra en su lengua original y gozar la aventura de recorrer La Habana, con sus encantos habituales y sus desasosiegos en vísperas de un huracán, acompañados del verbo encantador de Alexis Díaz Pimienta.

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Añadido por Alexis Díaz Pimienta el 25 agosto 2020 a las 11:09 am
Alexis Díaz-Pimienta (foto de Irene Barajas)

La prima Onelia pasaba horas y horas

tostando granos de maíz.

La prima Gisela pasaba horas y horas

batiendo las claras de los huevos.

El primo Eduardo y yo barríamos el patio.

El primo Chogüi ataba una caja de cartón

en un gajo de mango, en lo más alto.

No recuerdo si era todos los sábados,

o sólo algunos sábados, o en días distintos.

Cuando la prima Onelia traía los granos de maíz

convertidos en minúsculas rosas blancas,

y la prima Gisela de las claras había sacado nieve,

y el primo Eduardo y yo podíamos mirarnos

en el vidrio de la tierra del patio,

entonces, el primo Chogüi, que era el más alto,

trepaba a un taburete y vertía sobre la espalda del cartón

las rosas. Mientras, la prima Onelia doraba en el fuego

los conos de nieve, y los acomodaba sobre un plato.

La tía Inés, de pronto, aparecía con una jarra

de refresco de naranja agria.

Y todos los demás, diez o doce primos,

seis o siete vecinos, desconocidos incontables,

nos apretábamos debajo del cartón, esperando los hilos,

para tirar de ellos. Pero nunca hubo hilos.

El primo Chogüi, que era el más alto,

tomaba el palo de la escoba y, repetidas veces,

golpeaba la piñata desde abajo,

hasta que llovían sobre nuestras cabezas

pequeñísimos caramelos blancos,

dulces rosas de formas caprichosas.

Por suerte, la tierra estaba limpia

(la habíamos barrido el primo Eduardo y yo).

Revueltos, agarrados, con los puños cerrados para no perder nada,

pasaban cinco, diez, quince segundos de alegría eterna,

tal vez los más felices que hayamos vivido.

Lo demás, imagínenlo:

cola para los merenguitos de la prima Gisela,

cola para el refresco de la tía Inés,

cola de niños contando y recontando

a escondidas sus blancos caramelos.

Y en la boca de todos, en el alma de todos,

el sabor inolvidable de la tierra del patio. 



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Este poema se publicó originalmente en mi libro FIESTA DE DISFRACES (Calambur, Madrid, 2008)